Inés llevaba nueve años casada con Sergio y once trabajando en telecomunicaciones. En todo ese tiempo no había hecho nada en un congreso salvo dormir poco y comer canapés.
Tomás era de Rosario, ponente en la misma mesa redonda, y tenía una manera de escucharla que la desarmó desde la primera pregunta. Esa noche cenaron en el Born. La segunda noche, en la Barceloneta, con los pies en la arena. La tercera noche no cenaron.
La habitación 1207
Él le quitó la acreditación del cuello con una delicadeza ridícula, como si fuera una joya. Ella se rió, y la risa se le cortó cuando él le besó la clavícula. Afuera se oían las motos de la Diagonal. Lo demás se lo guarda Inés, incluso de sí misma.
No se sintió culpable esa noche. Se sintió viva, que es otra cosa y a veces se parece.
El correo
Tres semanas después, Sergio estaba en el sofá con el portátil cuando dijo, sin levantar la vista:
«Oye, te ha llegado un correo del hotel de Barcelona. Que te dan puntos por la habitación 1207. ¿No estabas en la 418?»
Ella había compartido la cuenta de correo con él años atrás, para las facturas. Lo había olvidado por completo.
Inés podía mentir. Tenía la excusa preparada antes de que él terminara la frase: una reunión, un error del sistema. Lo miró. Él seguía tecleando, tranquilo, confiado.
Cerró el portátil con suavidad.
«Sergio. Te tengo que contar algo, y no te va a gustar.»
Lo que vino después
No hubo gritos. Hubo una noche entera hablando en la cocina, café frío, preguntas que dolían y respuestas que ella dio sin esquivar. Sergio lloró una vez. Ella, muchas.
Al amanecer, él dijo algo que Inés no esperaba: «Lo peor no es lo que hiciste. Es que llevabas años sin mirarme como me has mirado esta noche.»
Ahora van a terapia los martes. Los puntos del hotel siguen en la cuenta, sin usar. Ninguno de los dos se atreve a borrarlos.



