El estudio de Ximena estaba en una casona vieja de Coyoacán, detrás de una puerta negra con una calavera de plata como aldaba. Solo abría de noche. La tinta se asienta mejor con luna, decía su perfil, y nadie sabía si era broma.
Diego llegó a las once y cuarto, quince minutos tarde, empapado por el aguacero de agosto.
Ella lo esperaba sentada en un sillón de terciopelo rojo, con un vestido de encaje negro, los brazos cubiertos de tinta y los labios del color del vino. Leía a Amparo Dávila a la luz de una vela.
“Llegas tarde”, dijo sin levantar la vista. “Eso cuesta una historia.”
El diseño
Él quería una polilla en el antebrazo. Ella lo escuchó, dibujó durante veinte minutos en silencio y le enseñó el papel: una polilla de alas abiertas sobre una llave antigua.
“La llave no la pedí.”
“No”, dijo Ximena. “Pero la necesitas. Todos los que vienen a medianoche necesitan abrir algo.”
Mientras la máquina zumbaba, ella le pidió la historia. Diego le habló de su divorcio, de la casa vacía en la Narvarte, de haber pasado un año entero sin que nadie lo tocara salvo para darle la mano. Ella trabajaba despacio, la mano firme sobre su piel, y lo escuchaba sin interrumpirlo.
“Ya ves”, dijo él al final, avergonzado. “Una historia aburrida.”
“Es una historia triste”, corrigió Ximena. “Las aburridas son las felices.”
Las tres de la mañana
Terminó a las tres. Le cubrió el tatuaje, le dio las instrucciones, y él se quedó en el sillón sin moverse.
“¿Quieres un mezcal?”, preguntó ella. “El estudio cierra cuando yo digo.”
Bebieron en el patio, bajo la lluvia que ya era llovizna, entre buganvilias y macetas de cempasúchil. Ella le contó que se hizo gótica a los quince en el Tianguis del Chopo, que su abuela le leía a Poe, que odiaba el sol y amaba los panteones.
En algún momento él le tocó la mano tatuada. Ella no la retiró.
Las reglas
“Voy a ser clara”, dijo Ximena, “porque odio los juegos. Me gustas. Si quieres quedarte, quédate. Si no, te pido un taxi y fue una noche preciosa.”
“Quiero quedarme.”
“Entonces despacio. Preguntas antes de todo. Y cuidado con el brazo, que es mi obra.”
Arriba había un cuarto con velas, cortinas de terciopelo y un tocadiscos. Ella puso algo lento y oscuro, y él preguntó, y ella dijo que sí, y él volvió a preguntar, y ella se rió y le dijo sí, Diego, ya entendí que eres educado.
Lo demás se lo quedan ellos dos, la polilla y la llave.
Amanecer
Salió a las seis a una mañana rosada que olía a pan dulce. En el vendaje, con plumón plateado, ella había escrito: Revisión en una semana. A medianoche. Puntual.
Esa vez llegó media hora antes.



