En Cali los domingos se baila hasta que amanece, y Sofía bailaba como si el piso le debiera algo.
Andrés la había visto tres domingos seguidos en la misma salsoteca del barrio Obrero. Él no sabía bailar. Iba por la música, decía. En realidad iba por ella, y más concretamente por algo que le daba vergüenza admitir incluso a sí mismo: sus pies. Las sandalias de tacón dorado, las uñas rojas, la manera en que giraba sobre la punta como si no pesara nada.
El cuarto domingo, ella se sentó a su lado a las tres de la mañana, sudada y riendo.
“Llevas un mes mirándome”, dijo. “O aprendes a bailar o me invitas un agua.”
La confesión
Le invitó el agua. Ella se quitó las sandalias con un suspiro de alivio y, sin pedir permiso, puso los pies sobre sus rodillas.
“Me matan”, dijo. “Seis horas en tacones.”
Andrés se quedó inmóvil. Sofía lo miró, luego miró sus manos, que no sabían dónde ponerse, y luego otra vez su cara, que se había puesto roja.
“Ah”, dijo despacio, con una sonrisa que empezó en los ojos. “Ahora entiendo. No me mirabas el baile.”
“Lo siento, yo...”
“¿Por qué lo sientes?” Movió los dedos de los pies, apenas. “Es lo más sincero que me ha pasado en esta salsoteca. Los demás fingen que les interesa mi conversación.”
El permiso
“Hagamos un trato”, dijo ella. “Me duelen mucho. Si sabes hacer un buen masaje, te dejo. Pero me vas a contar qué es lo que te gusta. Con palabras.”
Él se lo contó, en voz baja, mientras sus manos aprendían. La forma del empeine. El esmalte rojo. El sonido de las sandalias cayendo al suelo. Ella escuchaba con los ojos medio cerrados y de vez en cuando decía más fuerte o ahí, sí, y una vez se rió tan fuerte que el camarero los miró.
“¿Sabes qué me encanta?”, dijo al final. “Que no me pediste nada. Esperaste a que yo los pusiera ahí.”
El domingo siguiente
El domingo siguiente Andrés llegó con una caja pequeña. Dentro había un esmalte color vino y una nota: Si quieres.
Sofía la leyó, se rió y le tendió el pie descalzo por debajo de la mesa.
“Me lo pintas tú”, dijo. “Y después me enseñas que aprendiste por lo menos un paso. Uno.”
Aprendió dos. Los demás domingos, ella bailó con él la última canción, descalza, con los tacones colgando de su mano.



