Pablo leyó el nombre del club en un foro, lo apuntó en un pósit y lo tuvo pegado en la nevera dos meses. Un viernes de noviembre lo despegó, se lo guardó en el bolsillo y cogió el metro hasta Tribunal.
La puerta era discreta. Dentro, música baja, luz roja y gente que se miraba con una franqueza que a él le quemaba la cara.
El cordón
Al fondo había un reservado separado por un cordón de terciopelo rojo, como en los cines antiguos. Delante, apoyada en una columna, estaba ella. Vestido negro, botas altas, el pelo corto y una forma de quedarse quieta que era una orden en sí misma.
«Llevas media hora mirando el cordón», dijo cuando él se acercó. «¿Quieres pasar?»
«Sí.»
«Así no se pide.»
Aprender a pedir
Se llamaba Valeria. Antes de dejarle hacer nada, le hizo sentarse en un banco y le preguntó durante casi una hora: qué buscaba, qué le daba miedo, hasta dónde. Él respondía torpe, luego menos torpe.
«Escucha bien la única norma», dijo al final. «Mientras estés al otro lado del cordón, mando yo. En todo. Y si quieres salir, sales. Basta con que digas terciopelo y cruces de vuelta. Nadie te va a retener ni a mirar mal.»
«¿Y cómo se pide para entrar?»
Ella sonrió por primera vez. «Eso lo descubres tú.»
Él se arrodilló sin pensarlo, la miró desde abajo y dijo: «Por favor.»
Valeria descolgó el cordón.
El reservado
Allí dentro el tiempo era suyo. Le hizo esperar, le hizo pedir cada cosa con palabras exactas, le enseñó lo que era temblar sin tener miedo. Lo tocó poco. Bastaba. Lo que pasó detrás del cordón se quedó allí.
A las tres, ella lo acompañó de vuelta y volvió a colgar el terciopelo rojo.
«Has pedido bien», le dijo. «Vuelve cuando sepas pedir mejor.»
Pablo ha vuelto cinco viernes. El pósit sigue en su cartera. Cada vez se arrodilla antes de que ella pregunte.



