Fue Carmen quien encontró el formulario.
“Si en el contenido aparece otra persona”, leyó en voz alta en la terraza de su piso de Ruzafa, “tiene que verificar su identidad igual que tú. Documento, selfie, todo.”
Javier dejó el café. “O sea, que yo también.”
“Tú también. Y cualquiera que venga después.” Lo miró por encima de las gafas de sol. “Me gusta. Así nadie puede decir que esto no es real.”
Llevaban quince años casados. La idea de una página de pareja había empezado como una fantasía de él –verla a ella deseada, admirada, mirada por otros– y había terminado siendo, para sorpresa de los dos, un proyecto de ella. Carmen elegía las fotos, escribía los textos y ponía las reglas.
La verificación
Se verificaron un martes por la noche, por turnos, con el pasaporte en la mano y la luz del flexo en la cara. Javier tardó cuatro intentos porque le temblaba la mano. Carmen se rió de él durante una semana.
Cuando llegó el correo de aprobación –cuenta verificada– ella lo imprimió y lo pegó en la nevera con un imán de la Albufera.
Las reglas
Al invitado lo eligió ella: Álex, fotógrafo, treinta y ocho años, alguien que conocían de un curso y que había aceptado verificarse también sin pestañear. Quedaron tres veces antes de nada. En la tercera, en una horchatería de la plaza de Santa Catalina, Carmen sacó una tarjeta y leyó:
“Uno: Javier está siempre en la habitación. Dos: la palabra para parar es Albufera, la puede decir cualquiera. Tres: no se publica nada que los tres no hayamos visto antes.”
“¿Y la polaroid?”, preguntó Álex, que llevaba la cámara colgada al hombro.
“La polaroid no se publica”, dijo Carmen. “La polaroid es para mi marido.”
La noche
El hotel daba a los tejados de El Carmen. Javier se sentó junto al balcón. Carmen llevaba un vestido rojo que él no había visto nunca y que, según ella, no era para él.
Antes de empezar se acercó, le levantó la barbilla con un dedo y lo besó despacio. “¿Sigues seguro?”
“Más que nunca.”
Lo que pasó después fue lento, cuidadoso y exactamente lo que habían pactado. Ella se giraba de vez en cuando para buscarlo con la mirada, y cada vez que lo hacía, Javier sentía que el cuarto entero era suyo. Nadie dijo Albufera.
La prueba
Cuando Álex se fue, Carmen se sentó en el regazo de su marido con la polaroid todavía revelándose entre los dedos. Poco a poco apareció: ella, despeinada, mirando directo a la cámara con una sonrisa que él no le conocía.
“Ahí la tienes”, dijo. “La prueba.”
“¿De qué?”
“De que sigo siendo tuya cuando soy de todos.”
La polaroid no está en la página. Está en la puerta de la nevera, al lado del correo de verificación.



