El anuncio estaba pegado en el ascensor: Clases de tango. Particulares. 9.º B. Pregunten por Amparo. Diego vivía en el tercero, acababa de divorciarse y llevaba meses sin tocar a nadie. Llamó al timbre un jueves a las nueve de la noche.
Amparo tenía cincuenta años, el pelo plateado recogido y unos zapatos de tacón que sonaban como un reloj. El ático era casi todo suelo de madera y ventanales sobre los tejados de Ruzafa.
La primera lección
«En el tango clásico guía el hombre», le dijo mientras ponía un disco de Pugliese. «Aquí no. Aquí guío yo. Si no te gusta, la puerta está ahí.»
Él se quedó.
Ella le enseñó a esperar la marca, a no adelantarse, a sentir con el pecho hacia dónde quería llevarlo. Cada vez que él intentaba dirigir, Amparo se detenía en seco y lo miraba hasta que bajaba los ojos.
«Otra vez. Y esta vez, obedece.»
Las condiciones
A la tercera semana, las clases empezaron a durar más. A la cuarta, ella le puso un papel en la mano antes de la música.
Era una lista corta. Lo que él deseaba y no se había atrevido a decir. Lo que nunca, bajo ningún concepto. Y una palabra subrayada: rojo.
«Si la dices, la música se para y yo vuelvo a ser tu vecina del noveno», dijo. «Sin preguntas. Sin rencor.»
Él firmó con el bolígrafo que ella le ofrecía.
Lo que se baila
Desde entonces, los jueves no son solo de tango. Amparo decide cuándo empieza la música y cuándo termina, dónde se pone él, cuánto tiempo espera arrodillado junto al tocadiscos mientras ella elige el siguiente disco. Lo toca poco y con una precisión que lo deja sin aliento. Lo que ocurre en el noveno se queda en el noveno.
Lo curioso es que ahora baila mejor. Mucho mejor. En las milongas del barrio, las mujeres lo buscan porque «sabe escuchar». Él sonríe y no explica nada.
Los jueves a las nueve, el ascensor sube solo hasta el noveno. Diego jura que ya conoce el camino con los ojos cerrados.



