Ficción · +18Romance · Online3 min de lectura

Buenos días, desconocido

Empezó con un número equivocado a las 6:12 de la mañana. Se convirtió en la mejor parte de su día.

A yellow tram in Lisbon
Photo: André Lergier · Unsplash

El primer mensaje llegó a las 6:12 de la mañana.

¿OTRA VEZ me has cogido el cargador?

Lukas, medio dormido en Hamburgo, miró la pantalla. No conocía a nadie con ese número. Escribió: Creo que te has equivocado de persona. Pero siento lo de tu cargador.

La respuesta llegó un minuto después. Ay, no. ¡¡Perdona!! Tengo móvil nuevo y el número de mi hermana solo cambia en una cifra. Buenos días, desconocido.

Buenos días, escribió él. Y ahí debería haber acabado todo.

Mensajes antes del café

A la mañana siguiente llegó otro. Actualización: el cargador lo tenía mi hermana. Se ha hecho justicia.

Él se rió en voz alta en su cocina vacía.

Se llamaba Ines. Tenía 29 años, era enfermera en Lisboa y trabajaba en el turno de mañana. Le gustaban los realities malísimos, bañarse en el mar en invierno y discutir sobre si la piña va en la pizza (sí va, decía, y quien no esté de acuerdo es un cobarde). Él tenía 32, era ingeniero, el tipo de hombre que mantiene vivas las plantas y se olvida de llamar a su madre.

En una semana, los mensajes de buenos días se habían convertido en un ritual. Ella escribía antes de su turno; él respondía con el primer café. Luego llegaron los mensajes de buenas noches. Después, las notas de voz, porque escribir era, según ella, «demasiado lento para mis pensamientos».

Su voz era más grave de lo que él esperaba y se reía en mitad de las frases.

La foto

Nunca se habían mandado fotos. Se había convertido en una especie de broma entre ellos –el misterio es lo mejor– hasta que una noche de diciembre ella escribió: Quiero saber qué cara pones cuando sonríes con mis mensajes.

Él mandó una foto: cocina, mala luz, pelo de recién levantado, una sonrisa de verdad. La respuesta tardó tres minutos.

Oh. Oh, no. Esto es un problema.

¿Por qué?

Porque ahora quiero verla en persona.

La de ella llegó un minuto después: rizos oscuros, pecas, una acreditación de hospital, ojos cansados y una sonrisa enorme. Él la miró mucho rato.

Con cuidado

Lukas tenía un amigo que había perdido dos mil euros con una «novia» conocida por internet que siempre necesitaba dinero para un billete de avión que nunca se compraba. Así que fue con cuidado, y ella también. Antes de nada, hicieron una videollamada. Ella le enseñó las vistas desde su balcón: reales, Lisboa sin ninguna duda. Él le enseñó la lluvia gris de Hamburgo.

Nadie pidió dinero. Nadie tuvo una emergencia repentina. Simplemente hablaron tres horas hasta que a ella se le murió el móvil, y le escribió desde el portátil: Cargador. Hermana. Otra vez.

Lisboa

En marzo voló a Lisboa y reservó su propio hotel, porque le pareció lo correcto. Ella lo esperaba en la puerta de llegadas con un cartel de cartón que decía BUENOS DÍAS, DESCONOCIDO.

Estuvieron incómodos exactamente diez minutos. Luego ella le cogió la mano para subirlo a un tranvía abarrotado, y ya no la soltó.

Esa noche, en una azotea sobre la Alfama, mientras el río se volvía dorado, ella dijo: «Ahora te voy a besar. ¿Te parece bien?».

«Llevo cuatro meses esperando a que me lo preguntes».

Sabía a sal y a vino. El resto de la noche –las calles estrechas, su habitación de hotel, la ventana abierta y el sonido de la ciudad– queda entre ellos.

A la mañana siguiente él se despertó primero. Cogió el móvil, sonrió y le mandó un mensaje a la mujer que dormía a su lado.

Buenos días, desconocida.

Esta historia es ficción. Todos los personajes son adultos inventados (+18) y cualquier parecido con personas reales es pura coincidencia.

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